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viernes, 19 de enero de 2018

Londres Ciudad Okupada. Richard Dudanski

Londres Ciudad Okupada. Richard Dudanski

Dos años antes de la explosión punk en 1976, el autor de esta memoria musical tocaba con Joe Strummer en su iniciática garage band, The 101'ers, un grupo surgido de las dilapidadas casas okupas del oeste de Londres. Londres Ciudad Okupada es un relato con las penas y alegrías de sus experiencias con las múltiples bandas con las que tocó en la escena alternativa de la música en Londres de los 70 y 80, incluyendo Public Image Ltd, Basement 5, The Raincoats, Tesco Bombers y muchas otras formaciones.

Nº de páginas: 310 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: LIBROS.COM
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788417236144

entrevista  a Richard Dudanski en "El Sótano" Radio3 (minuto 28)

miércoles, 17 de enero de 2018

Adentrarme en el invierno de mi cuarto. Pedro Cesar A. Verde

  seis poemas inéditos de Pedro Cesar A. Verde


La vida es una lágrima caída de los ojos de Lauzón

no, amigo, 
no has tardado mucho en darte cuenta 

este mundo no está hecho para nosotros 

aunque tratemos de huir convertidos 
en poemas 
siempre terminamos bajo la pata 
de una mesa 

solo servimos para eso, 
para mantener el equilibrio 
de una realidad que cojea 

sin que se nos vea 

sin que se nos huela 

no, esta vida no es un lugar seguro 
para los que buceamos entre la basura 
tratando de encontrar nuestros pulmones 
en una palabra exacta 

los que buscamos aliviar el dolor 
entre los pliegues de la carne sin rostro 

los que intentamos darnos sentido 
follándonos a todos los gatos del barrio 
y esnifamos sueños imposibles para escapar 
de esta absurda bolsa de plástico 

mientras la fría fría tierra se carcajea 

coloca una soga en nuestro cuello 

y nos llama 
con la voz sucia de Tom Waits 


la ilustración es de Eduardo Naranjo


Pedro Cesar A. Verde (Soria, España. 1972). Poeta. Comenzó las carreras de Publicidad y Magisterio abandonando las dos antes de finalizar el primer año de estudios. Trabajó en una empresa de jardinería, en una funeraria y posteriormente se dedicó a la carga, transporte y restauración de muebles antiguos durante 12 años. Actualmente trabaja para la Administración estatal en Zaragoza, alternando su residencia entre dicha ciudad y Soria. Ha publicado "Retrovisor" (Canalla Ediciones).

domingo, 14 de enero de 2018

como matar un domingo. un poema de J.P.G

como matar un domingo
no me extrañaría
que los domingos
    con sus programas de radio matinales
    sus suplementos dominicales
    sus películas de sobremesa
    sus familias saliendo de misa con el veneno en el alma
    y con el pecado cargando sus espaldas,
    con sus resacas de coca y alcohol de garrafón
    sus runners trotando con su salud
    su felicidad, su libertad y demás gadgets
    con sus centros comerciales como parques temáticos
    del aburrimiento compulsivo
    con sus viejos en los parques
    mirando un mundo que nunca han entendido
    y con toda esa gente patosa y exigente
    a la que se le nota que solo va los domingos a los bares
    y con todos esos gritos y banderas de futboleros domingueros
    y con las retenciones de siempre
    en la A6 a la altura de Collado Villalba
    y en la A1 a la altura de San Sebastián de los Reyes
    y con esa inútil ansiedad de querer hacer todas esas cosas
    que no hacemos durante el resto de la semana
no sería extraño, creo
que se produzcan más asesinatos
suicidios
ataques de pánico
e indigestiones
que los días laborables
    [excepto los lunes]

poema de josé pastor y fotografía de Anders Peterson

jueves, 11 de enero de 2018

chute. un poema de josé pastor

chute
necesito tu veneno
necesito tus mentiras
necesito el calor seco de tu lengua
necesito tu abrazo
necesito la energía de tu magia negra
necesito tu compañía
que me muerdas las venas
que me comas el corazón
que me abras en canal
y me saques todo el dolor
que entres en mi sangre como un caballo desbocado
que me alejes de la sucia realidad
que me hagas olvidar
y poder dejar atrás
todo lo vivido y por vivir
quiero entregarme a ti
enteramente
sin condiciones
y darle un descanso a mi alma
necesito que me arropes
y no me dejes solo
frente a la barra del bar
la entrada al hospital
o la salida del trabajo
te necesito
aunque se que me dejarás tirado a la mañana siguiente
y te maldeciré en voz alta
pero necesito tu amor
tu veneno
tus mentiras
para de vez en cuando sentirme vivo
en este kaos

poema de josé pastor
ilustración de Paolo Troilo

miércoles, 10 de enero de 2018

tres poemas de "El demonio te coma las orejas" de David González

El demonio te coma las orejas. David González (Ediciones Canalla)  

Seamos realistas

         en este sitio
         nadie cuenta
         estrellas 
         por la noche.


El tigre

         Javi tenía tatuado
         un tigre en el antebrazo.
         Bueno, no sé si era
         un tigre o un leopardo,
         algo así,
y       se chutaba en las pintas
         de la piel del animal
         porque de esa forma
         no se le notaban las marcas.
Y      así siempre.
         Hasta que un día
         el tigre se cansó,
y       le comió el brazo
         de un mordisco.

 Humillación

         El funcionario,
         un cacho de carne con ojos
         en mangas de camisa, dice:

         Todas las cosas de metal que tenga
         sáquelas y déjelas sobre esa mesa.

         Luego, mi abuela,
         apoyándose en su muleta
         (hace un año se rompió la cadera
         al caer de espaldas al suelo
         mientras limpiaba los cristales
         de la ventana de la cocina
         subida encima de una banqueta),
         pasa por el detector de metales,
y       el detector emite una serie de pitidos.

         A lo mejor es la muleta, dice mi madre.

         ¿Puede andar sin ella?

         Bueno, sí, pero no querrá...

         Que se la de a usted y que vuelva a pasar.

Y       mi abuela,
          su largo pelo blanco recogido
          en un moño por detrás de la cabeza,
          un pañuelo negro cubriéndola,
          hace lo que le ordenan,
y        aún cojeando
          consigue que el detector pite otra vez.

          A ver, quítese ese pañuelo.

         Mi abuela obedece.

          Seguro que son esas horquillas,
          así que hágame el favor de soltarse el pelo.

         Mi madre explota:

         ¿pero no se le cae a usted la cara de vergüenza
         al hacer que una persona tan mayor
         tenga que pasar por todo esto para ver a su nieto?
         ¿Qué se piensa que somos nosotros?
         ¿No sabe usted distinguir a la calaña de las personas honradas?

         Pero ya mi abuela, con su vestido gris,
         está pasando de nuevo por el detector
         con idéntico resultado
         que las dos veces anteriores, y el boqueras,
         un cacho de carne dice:

         ¡Quítese el vestido!
         Si quiere puede doblarlo y colgarlo
         del respaldo de esa silla de ahí.

         Mi madre está tan indignada
         que no le salen ni las palabras.

Y       mi abuela,
          cojeando,
                            despeinada,
                                                   en enaguas,
          consigue cruzar al otro lado del detector
          de metales sin ser delatada.

          Ahora ya puede vestirse y pasar al locutorio.

         No tiene usted perdón de Dios, le dice mi madre.

Y       mi abuela,
         que al ir a ponerse el vestido
         ha encontrado en un bolsillo una moneda suelta,
         se acerca al boqui y le dice:

         Perdón, señor, ¿sería esto lo que sonaba?

Y      le pone delante de los ojos,
         a modo de espejo en miniatura,
         una peseta
         con la cara de Franco.



        

lunes, 8 de enero de 2018

revista Odisea Cultural y unos poemas de Gsús Bonilla

y unos cuantos poemas de  Poesía General Básica de Gsús Bonilla  2007-2017

Éste

(Para Anna)
A menudo paseo por el interés
que muestran los zapatos;
caminar adherido a una suela
ir de un lugar a otro, dando pasos.
De pequeño bastaba con estar descalzo
sintiendo el adoquinado reciente
de un barrio en construcción
bajo tus pies desnudos;
nunca supe por qué se caminaba,
hacia dónde se iba,
solo tenía conciencia de andar.
Intuía el camino, descifraba su misterio
y atribuía cualidades humanas
a animales o cosas, personificaba
en estatua mis miedos.
Imaginaba a aquellas figuras;
de un modo u otro, había símbolo
o icono, siempre un ídolo al que recurrir.
Qué importa ya que sepas más detalles,
hoy el lejano Oeste queda muy lejano
y la verdad: me has brotado
como un indio en medio del pecho;
no sé si sioux, apache o piel roja, pero
me dueles águila de cabeza blanca,
oso grizzly o escorpión, y volveré
a torcer el rumbo, a domesticar la tierra
si es por ti.

Inventario universal
La caja, tus zapatos
los gusanos y las hojas de morera.
Mis mariposas.
La casa, la jaula
el pájaro, su trino, el alpiste.
Mis huevos.
La calle, los perros
sus mierdas, el parque
y el arenero.
Mi barrio
el camello, la sed, el agua
y la sal.
La ciudad, los borregos
la lana, el frío
y el lobo.
El estado, sus buitres
el olor, los cadáveres
y más gusanos.
¡El continente!¡El contenido!¡El fuego!
El mundo…
y ese sonido extraño de las hienas
cuando tienen hambre.

Señales
Sientes que la calma ha llegado.
El tiempo de contar ovejas quedó atrás.
No apagues la luz. No duermas, todavía.
Comienza a enumerar leones.