un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

sábado, 26 de mayo de 2018

meterme en vena todo el dolor del universo


para ir quedándome vacío

meterme en vena todo el dolor del universo
para poder escupir toda mi ternura
apedrear el cielo
para matar a todos los héroes y a todos los dioses
alejarme de todos los caminos
para vaciar la vida de toda expectativa y posibilidad
para admitir la derrota y no rendirme
arrancarme la piel
a tiras
de todo pasado
para cavarme un futuro imposible
mirar a los ojos a la noche más oscura
disfrutar del silencio más aterrador
para poder atravesar el desierto
abrazar el fuego
para poder negar todas las preguntas y callar todas las verdades
ponerme ciego de metanfetamina y amor
para defender la fragilidad
de lo más hermoso
y cantar al fracaso
para bailar sobre mi tumba
y la vuestra

poema de josé pastor
fotografía: "La Habitación de Chanok" de Alberto García Alix

jueves, 24 de mayo de 2018

Poesía Social, y eso. Iván Rojo



Poesía Social, y eso
 
Me gusta mirar los escaparates de las inmobiliarias de la zona cara.
Imagino que le compro un casoplón junto al mar a mi madre.
Y otro a mi padre en la sierra, con piscina cubierta y frontón.
Imagino que les compro un adosado a cada uno de mis hermanos
en alguna urbanización de esas con seguridad privada y cipreses.
Imagino sobre todo que le compro un palacete en el centro a mi amigo Pedro,
con mayordomo incorporado, una fuente en el patio llena de peces
y un sistema de luces que resalta los detalles tallados en la fachada.
Pedro lleva meses sin luz; esas cosas no solo salen en el telediario.
Pasa las noches con un transistor a pilas y una linterna de los chinos.
Pedro tiene cierto retraso y una madre alcohólica en las últimas.
Lo conozco desde los siete años; vivía y vive en el bloque de enfrente.
Este poema no pretende alcanzar ninguna aspiración estética.
Solo obedece a mi necesidad de sentir que hago algo por mi amigo.
Es un poema egoísta y rastrero, es un poema que no debería existir.
Pero existe.


del blog de Iván Rojo

domingo, 20 de mayo de 2018

Winter´s Bone. Daniel Woodrell. libro y película


Daniel Woodrell. Dos cosas

Daniel Woodrell. Dos cosas
  Cuando llega lo hace en una vieja cafetera traqueteante. Amarilla tiene neumáticos con banda blanca que riman al rodar y el tubo de escape se ha soltado y va arrastrando chispas. Lleva adhesivos en el parachoques de los muchos sitios raros donde ha estado y dos o tres frases propias pegadas en los laterales. Encima del capó le ha puesto maternalmente una tirita que es igual que una tirita pero sólo que gigante como si esa vieja cafetera se hubiera hecho una pupita en el motor.
       El funcionario nos había enviado una carta para decirnos a Wilma, la mujer que es mi esposa, y a mí que esa señora quiere vernos. Parece que le enseña algo útil a Cecil en la cárcel.
       La puerta se abre de golpe y ella sale del coche y se me acerca. Me he puesto a esperarla en el jardín y viene directa hacia mí sonriendo. Del hombro le cuelga una tira que sostiene un gran bolso hecho con esas hierbas claruchas que tienen en las tierras indias que nunca he visto.
       Me llama señor McCoy de entrada como si estuviera clarísimo quién soy. Se llama Frieda Buell añade y luego extiende una mano para que se la estreche. Le rozo ligeramente la palma y le digo que bienvenida.
       Cuando veo que eso le parece bien le digo que entre en la casa.
       Le encantaría entrar me dice.
       Ese comentario sí que no me lo creo así que doy un paso atrás y me la miro bien de arriba abajo. Es joven con el pelo rubio enmarañado pero tiene alguna idea de maquillaje porque se ha hecho uno de primera. Lleva una blusa roja y holgada y los zapatos tienen unos tacones que me dicen que eso de andar no es que lo practique mucho. Los pantalones son claros y se le ajustan tanto al culo que parecen vapor solidificado.
       El porche se ha hundido así que hay una combadura delante de la casa. Le digo que tenga cuidado y me hace caso. Dentro le doy la silla buena pero me quedo de pie.
       Le pido sin rodeos que me diga de qué va el asunto.
       El asunto va de la repanocha. Mi hijo Cecil es un hombre dotado me dice. Tiene un talento que lo hace aportar algo raro al mundo o una cosa así.
       ¿Cecil? Cecil un ladrón le digo. Y ni siquiera uno listo.
       Eso era antes dice. Ya no.
       Siempre lo ha sido. No tengo ninguna duda al respecto. Pero lo que me intriga es qué es eso raro que aporta al mundo o lo que sea.
       Poesía me responde. Mete una mano recargada con muchos anillos en el gran bolso y saca un librito. Dice que Cecil lo ha escrito y que los críticos afirman que tiene una habilidad innata.
       Agarro el librito. Está hecho con papel grueso y la portada dice Oscuro entre grises de Cecil McCoy. Sí, sí, es él digo. Dígame una cosa ¿con eso podría obtener antes la condicional?
       Podría dice. Intenta mirarme con decisión pero los ojos le hacen novillos y se le van a otros sitios más allá de mí. Lleva dos años dándole clases dice y lo que Cecil tiene es un don que nunca había visto antes.
       Un don digo. Un don no es algo propio de Cecil.
       Me pasa el libro dice. Se lo entrego. Lo abre por una página de la mitad. Me refiero a esto escuche. Me empieza a leer lo que aparentemente ha escrito mi hijo Cecil. El título es «Planeando» y es una sarta de palabras que hablan de un pájaro que flota sobre un depósito de chatarra y ve un coche destrozado brillante y caliente pero lo empuja una corriente de aire y no puede evitar posarse sobre él. Cuando acaba la lectura me mira como si yo me tuviera que estar derritiendo de placer. No sé pero me parece algo así.
       Es el primer capítulo o qué le pregunto.
       Suelta uno de esos suspiros silenciosos que significan que le podría agotar la paciencia. Son poemas de su vida en la calle me dice. Pero rebosan de pensamientos muy precisos para todos. De todos modos tienen sus raíces en las duras calles de este barrio.
       Hay depósitos de chatarra en todas partes es mi respuesta.
       Pero el pájaro señor McCoy. El pájaro planea sobre la muerte que es un viejo coche desvencijado. El poeta quiere ser ese pájaro blanco que agita las alas en libertad por encima de la muerte. Lo que en realidad significa es que Cecil quiere verse liberado de tener que morir. Ésa es la clave del asunto dice.
       Ahora me parece todo muy claro pero por un momento siento pena por Cecil. Dos cosas que no va a ser nunca es un pájaro blanco.
       Lea un poco más propongo.
       Me desliza una sonrisa para darme a entender que voy comprendiendo. Luego elige otra página. Esto salió en una revista de poesía importante dice. Luego lee. Las palabras van de una situación que reconozco. El poeta le ha robado el cheque de la paga a su madre para devolver dinero a unos maleantes que ni son parientes suyos.
       Un momento le digo. Ése es un poema que en realidad ha pasado varias veces señora. Cecil es un maldito ladrón.
       No no no. Quiere reparar el error. Quiere superar la culpa de lo que ha hecho.
       Le digo que estaríamos hablando de cientos de dólares. ¿Va a conseguir tanto dinero con esos poemas? La pregunta no está a su altura. No quiere contestarla.
       Este poema significa cosas para toda la gente dice. Se asoman a él y se ven a sí mismos.
       Muy interesante y muy bonito pero ¿por qué Wilma y yo tenemos que pagar nosotros solos por ese poema? Todos los que se asomen a él y se vean a sí mismos deberían devolvernos algo.
       Ese comentario mío le descoloca la calma y empieza a caminar por la habitación. La habitación está bastante limpia pero los muebles están rotos. Tengo mal la cadera y hacer de conserje la empeora. Wilma ocupa mi puesto ahora.
       La señora se detiene y mira por la ventana. Dos coches bloquean el tráfico para contarse lo que pasa. Suenan las bocinas. La gente se hace daño por cosas así.
       Señor McCoy ¿quiere usted a Cecil?
       Hubo una época contesto. Lo quise como habría hecho cualquier padre. Pero eso fue hace mucho. Si quiero a Cecil ahora es más o menos como quiero la guerra de Corea. Algo terrible por lo que pasé.
       Ha cambiado señor McCoy. Ahora está en contacto con su humanidad. Si tuviera un domicilio fijo podría obtener la libertad condicional y empezar de nuevo.
       Creo que me voy a sentar. Mientras lo digo me dejo caer sobre la silla de tres patas que está junto a la puerta. Pienso en mi hijo Cecil. Es uno de la serie de hijos que Wilma y yo hemos tenido porque estábamos solos. Comía de la misma olla que el resto pero salió diferente. Le brillaban los ojos y la nariz le salió respingona en vez de chata.
       Cuanto más te conoce más confianza coge para desplumarte. La misma olla pero diferente.
       No creo que queramos acogerlo de vuelta digo.
       Pero son su familia. No tiene a nadie más.
       Su familia sí pero también sus principales víctimas señora. Me saco el puente de la boca lo cual deja al descubierto mi dentadura mellada. ¿Ve esto? pregunto. Me lo hizo Cecil. Apenas tenía quince años cuando me lo hizo.
       Ha cambiado vuelve a decir. Lo dice como si no hubiera más que hablar.
       No me lo creo. Puede escribir todos los poemas que quiera diciendo que se arrepiente y se siente culpable pero no me fío. Escuche una cosa señora. Este porche de aquí. Yo encontraba en este porche de aquí cuando estaba menos hundido y Cecil andaba por la calle con un montón de críos. Eran pequeños pero practicaban para ser peligrosos algún día. Uno de ellos agarra una piedra y la tira contra esa farola grande que hay ahí. No le da por una o dos casas. Ni se acerca. Me quedé en el porche por curiosidad y me puse a mirarlos. Todos tiraron piedras contra la farola pero ninguno la rozó. Entonces va Cecil agarra un trozo de ladrillo y casi sin apuntar hizo trizas la bombilla. En cuanto salió de su mano vi que su intención de ser malo era de lo más certera.
       Bueno dice. A ella le parece sensible.
       Oh eso se le da bien señora. Se le daba bien hace años.
       Es usted una persona dura me dice. Sin usted está perdido. Podrían negarle la condicional.
       Por qué le importa dígame. Le hago la pregunta pero sospecho que le gustaría darle a Cecil clases de diversión.
       Porque admiro su talento señor McCoy. Cecil es un poeta que está hasta las narices de las grandes cosas de este mundo y eso le da una intensidad de la que los poetas felices tienen que mantenerse alejados.
       ¿Quiere que lo acojamos porque está hasta las narices? Eso no es ningún cambio.
       Artísticamente dice soltando otra vez ese soplido despectivo.
       Señora eso no basta le digo. La acompañaré a la puerta.
       Cuando estamos en el porche quiere que nos estrechemos la mano de nuevo pero no soy de los que mastican la col dos veces. Ya he pasado por eso así que la acompaño hasta el coche. Se le ponen rojas las mejillas. Echo una buena mirada al vecindario y todas las casas son como la que tenemos Wilma y yo. Del tipo que si fueran gente toserían un montón y escupirían un gargajo asqueroso. Escupirían porquería en el lavabo.
       Al llegar al coche me entrega el librito. Es para usted dice. Cecil insistió.
       Lo agarro. Le doy las gracias.
       Se mete en la cafetera y pone el motor en marcha. Una nube de humo azulado sale de la parte de atrás y resuena un traqueteo.
       Me inclino sobre su ventanilla.
       Mire señora digo. Espero que a Cecil le vaya bien pero así son las cosas. A nosotros no nos va a sacar más poemas.
       Asiente con la cabeza y me hace un gesto con la mano. La tirita gigante del capó me vuelve a llamar la atención. Qué clase de chifladura es ésa me pregunto. Se lo quiero preguntar pero ella pone la marcha y se aleja. Así que me quedo ahí solo preguntándome qué se creerá que arregla esa tirita.
      
© 2011 Daniel Woodrell
Traducción: Juan Gabriel López Guix


Esta versión electrónica de «Dos cosas» aparece en The Barcelona Review con el permiso del Daniel Woodrell y The Ellen Levine Literary Agency y los editores. Pertenece a la colección de cuentos The Outlaw Album, publicado por Little, Brown, & Co. en el 2011; y por Hodder & Stoughton, U.K, 2012.

Nota del traductor:
       Deseo agradecer la atenta lectura realizada por Celia Filipetto a una versión anterior de esta traducción. Las detalladas conversaciones mantenidas con ella acerca de las dificultades planteadas por el traslado al castellano de esta peculiar prosa me han ayudado a pulir mi borrador de este relato de Daniel Woodrell.

jueves, 17 de mayo de 2018

El realismo social en España. Historia de un olvido. David Becerra Mayor



"El realismo social en España. Historia de un olvido". David Becerra Mayor (Quodlibet Elements)

«Si el franquismo enterró a sus opositores en fosas comunes, nuestra democracia ha enterrado a nuestros novelistas sociales en lugares comunes.» 

y una reseña por Alberto García-Teresa en (Revista Odisea Cultural)

lunes, 14 de mayo de 2018

William S. Burroughs en Marruecos. por Pablo Cerezal


el siguiente texto pertenece a  "Los cuadernos de Hafa" de Pablo Cerezal (ediciones carena) y fue encontrado en el blog ojos de papel 



BILL


En 1954 William S. Burroughs alcanzaba la costa norte de África. Llegaba a Tánger quizás huyendo de un tortuoso periplo de calabozos mexicanos, búsqueda de raíces psicodélicas y mágicas por tierras sudamericanas, desórdenes amorosos, desconcierto, confusión mental, y una larga estela de infortunios nacida del agujero que había redondeado la frente de su esposa, Joan Vollmer, en una noche aciaga de cantina mexicana y tequilas huraños, al son de una ranchera ebria y mortal que despertó en su córtex cerebral recuerdos de vidas ajenas, de caballeros medievales, y una imagen desdibujada (al estilo de las estampitas religiosas que guardaban en su bolsillo los chamanes de la ayahuasca) de Guillermo Tell en estado de embriaguez. El bueno de William no alcanzó la manzana imaginaria y le reventó el cerebro, de un tiro, a su amada esposa. Un disparo certero y revelador que le enfrentaría a sus fantasmas y le obligaría a maltratarlos, incendiarlos, sodomizarlos y exorcizarlos en sus textos. El detonante del génesis de la obra de Burroughs fue el disparo de un revólver, estallido del que pretendió huir durante un tiempo. Y en su huida arribó al puerto de Tánger.


Los jubilosos trámites burocráticos de la llegada, de cualquier llegada ociosa. Alegres por la ociosidad, que no por la burocracia. Observar de reojo a los gendarmes porque mi vista se desplaza, magnetizada, hacia la kasbah, ese regocijo de cal y azulejos que hace de la costa tangerina un sueño cubista de arquitecturas iluminadas por la herrumbre del tiempo y la improvisación. Paredes encajadas al azar de la necesidad espontánea de techo, adosadas unas a otras en una sola de noche de insomnio festivo a la luz de la luna del ramadán. Semeja tan vieja la kasbah que parece que la edificaron ayer mismo y resulta, al fin y al cabo, menos vetusta que la mano del gendarme, parsimoniosa y leve, hojeando mi pasaporte, buscando nada en la blanca nada de páginas descoloridas por el propio color en que fueron fabricadas.


Y ya tengo el beneplácito del Protectorado Internacional, ya la estampita en mi pasaporte, ya sujeto mi maleta y busco la salida del puerto, acercándome a la medina que comienza a revelárseme puzzle de blancas pesadillas de alguna noche perdida en los sueños de la morfina, agigantándose a cada paso, ya se acerca, ya me aproximo, ya casi estoy, ya puedo tocar con las yemas de mis dedos culpables el salitre que me horadará el cerebro y me llevará a encerrarme en una habitación a garrapatear palabras que pretendan explicarme el caos en el que anido, a deambular por el zoco siguiendo a ése rapaz moreno de bigote aún neonato y sonrisa embaucadora, a trepar la árida colina sobre la que se derrama el Hafa, a derramarme yo mismo en una silla esperando una nueva vaharada de humo hipnótico mientras el amigo Paul me desgrana sus últimos descubrimientos.


Me siento extraviado a la salida del puerto, no sé por dónde ni cómo empezar, y qué mejor manera que sonriendo a éste joven de chilaba sucia y dulces dientes de beso mamario que me arrebata la maleta y me hace indicaciones de que le siga, desgranando entre carcajadas la palabra ho-tel, ho-tel. Yo que pensaba alojarme en el Intercontinental, tan claro lo tenía que me pierdo en una sonrisa y me abandono al deambular de callejuelas tras los flecos de una chilaba morena como los muslos que la portan, sin importarme el destino, el ho-tel o la cama en que derrumbaré mis huesos de café con leche vespertino, esta noche, espero que acompañado, sin preguntar el destino, sólo sonriendo e intentando atrapar su espalda con amistosas palmaditas coloniales que pretenden transmitir la idea de que me siento cómodo tras sus babuchas, subiendo las fatigosas cuestas de la medina, dejando abajo el puerto, el chillido esquizofrénico de las gaviotas, el ulular de las sirenas, la vida que no me sigue, la que ya no tengo, la que recuperaré esta noche cuando el caminar marchito se desinfle en ese hotel escondido, tal vez tras este recodo, al calor del humo de pan fragante que sale del horno escondido, subiendo peldaños que nunca lo fueron, trepando los recovecos de la medina, subimos a buen ritmo, el que marcan sus pasos, el que marca su sonrisa que se da la vuelta para comprobar que sigo detrás suyo, intentando acercarme, siempre a punto de alcanzarle, otra esquina, otra escalera, subimos y ya queda abajo el puerto, ya acecha nuestro caminar la entrada a la kasbah, he-re, ho-tel, good, la puerta desvencijada, la suciedad de mi deseo tristemente abotonada tras el tergal coagulado de mis pantalones y el marroquí sonriente que me hace reverencias y me invita a pasar, no, no, espera, ¿y él?, ¿no quiere nada?, no, no, luego, esta noche, ¿ha dicho eso?, ¿ha dicho esta noche?


La chilaba se difumina en una acrobacia de fuga. Desaparece, en un grito de color desteñido, tras la última esquina doblada.


Subo las escaleras, entro en una estancia oscura, limpia y con un colchón como único mobiliario, per-fect!


La ventana da a un patio que vomita aromas de cordero especiado. Tengo hambre. Ya he subido. Ya he llegado, estoy arriba.


Bien, ahora lo importante, antes de abrir la maleta, es depositarla cuidadosamente en algún lugar lo suficientemente vistoso para que, esta noche, el chaval afiance su impostor deseo en la condición económica del acaudalado extranjero, en el rincón mas luminoso del cuarto, el menos oscurecido por el moho y el tizne del tiempo…déjame ver: apenas 4 metros cuadrados, si es que no me fallan ya mis lejanamente (en el tiempo) adquiridos conocimientos de geometría y matemáticas, un ventanuco arañado por el salitre y por un jirón de cortina que quiso ser distinguida hace tiempo, la puerta de color indefinido y la gran mancha de la pared frente a la cama hundida y con el fósil reptilíneo de algún viajero del tiempo esculpido en su colchón, el pequeño lavabo oxidado en la esquina más mugrienta, sí, ése sería el lugar oportuno si no fuera por el goteo insomne de la tubería y el valor de lo que la maleta esconde, no puedo dejar que se humedezca la merca, he de evitar a toda costa que se malogre el sueño, aun no sé lo que encontraré en estas tierras, seguro que no es tan bueno, quizás deba pensarlo después, y abrir ahora la maleta, deslizar la hebilla de cuero gastado y desenvolver las golosinas, sí, ¿por qué no?


Ahí esta la jeringa, las hipodérmicas, mi cuchara, diamantina en su brillo desaseado, la bolsa con la heroína, el mechero, todo perfectamente dispuesto, como los instrumentos de una orquesta metódicamente distribuidos antes de que refulja la batuta al alzarse y se disponga a chisporrotear en dos gruñidos contra el atril, toc toc, toc toc, toc toc, toc toc: la puerta, están tocando la puerta, ¿sí?, no gracias, no necesito nada, de verdad, thanks, sukram sukram, jodida hospitalidad oriental, ¿Marruecos se considera oriente?, supongo que sí, que todo lo que no son los Estados Unidos y Europa ya es Oriente, con mayúsculas, supongo…ya no sé que quería hacer además de pegarme un chute, ya no sé que hago aquí ni si debo esperar al chaval, tirado en este colchón tras picarme, o correr en su busca por las calles de la medina y dejar para después la gloria inmunda del abandono interestelar y quizás si tengo suerte podré entonces anestesiar también al chico con los vapores de la adormidera para que su verga se vuelva insensible y, amoratada, ataque y ataque y penetre y socave y continúe hasta que la almohada deje de ser ante mis ojos un sucio borrón de tiempo echado a perder en los desagües azul podredumbre de una vida perdida entre vaivenes de giróvago aletargado por el viento de pergamino rancio que levantan a su paso los barcos que cruzan el estrecho de Gibraltar.


***
Disponer los útiles del desvarío y enfrentarme de nuevo a mi rechazo por la náusea que siempre me ha producido el pico en vena. Quizás deba probar un pique subcutáneo esta vez, qué más da un nuevo absceso, ya casi desaparecieron los que me provoqué durante la travesía del Atlántico, en el cochambroso cuarto de baño del camarote de tercera que tuve por hogar durante ya ignoro cuántas jornadas, aunque mejor sería una dosis rectal: limpia, indolora, agradable si se alarga, pero excesiva siempre, siempre se me va la mano cuando me sodomiza la heroína y no ando sobrado de dilaudid, ni paracodina, no puedo arriesgar, en vena siempre controlo mejor la dosis, siempre apuesto a la baja, no me gusta esa sensación de alfiler que cose mis venas a un reflejo azul cobalto en que se enredan mis pánicos físicos como el hilo de seda negro de los caftanes de fiesta que vendían ahí abajo, en la esquina anterior a ésta en que se encuentra mi ho-tel.


Así que elijo la hipodérmica y aminoro la dosis para abreviar el ponzoñoso picotazo.


Qué curioso….cuchara…sólo hace minutos que pisé Tánger…mechero…y ya metaforizo con caftanes…cerilla…caftán: túnica de seda brevemente abotonada por el pecho…el alcohol impregna la mecha…alargada en sinuosos pliegues hasta los tobillos…subcutánea mejor, sí, mayor dosis…en Marruecos es ropa femenina…la cantidad justa que se hace hembra en la cuchara…dicen que en el antiguo Imperio Otomano era atuendo masculino…las burbujas macho de la combustión…Imperio Otomano el mundo a sus pies…succionar con la hipodérmica el elixir evanescente…perfumes del Oriente victorioso…níveo algodón…pálidos sultanes altivos de largos mostachos afelpados…purificar de sudor y microbios con el algodón la cara externa del muslo izquierdo…sultanes de fuerte complexión devorados en el desvarío del harén…coger un pellizco breve de piel entre los dedos…cambalacheados sus músculos vigorosos en traqueteos de locomotoras femeninas…la aguja en ángulo de 45º con la piel sostenida entre mis dedos…derramando chorros de deseo ante los rostros abotargados de los eunucos…empujar el émbolo despacio…anexión, cópula, coyunda en que el caftán se volatiliza, se gasifica, se deshidrata, cae al suelo metamorfoseado en mármol rosa…excursión del veneno, romería del plasma para acariciar a su virgen de pecado negro, danza mayestática de los linfocitos y los glóbulos rojos blanqueados por el elixir de opio…escabroso baile de cuerpos, cabello y sudores en las dependencias prohibidas del Palacio de Topkapi, Estambul, Imperio Otomano, potencia generadora…impotencia ante el leve vuelo de una mosca…hedor a victoria y deseo…anulación del sistema motriz, abandono, campo de visión constreñido a la suciedad incolora del dedo gordo de mi pie izquierdo…sultanes sudorosos, derrengados, sin caftán, desnudos como mi pie izquierdo, como tú esta noche a mi lado si tengo fuerzas para salir a buscarte después de pasar revista a las posibilidades poéticas del extremo mayor de mi pie izquierdo, quizá tengas que venir tú solo, ¿vendrás?

jueves, 10 de mayo de 2018

Mi Anarquismo por Rafael Barrett



Mi Anarquismo por Rafael Barrett


Me basta el sentido etimológico: «ausencia de gobierno». Hay que destruir el espíritu de autoridad y el prestigio de las leyes. Eso es todo.

Será la obra del libre examen.

Los ignorantes se figuran que anarquía es desorden, y que sin gobierno se convertirá siempre en el caos. No conciben otro orden que el orden exteriormente impuesto por el terror de las armas.

Pero si se fijaran en la evolución de la ciencia, por ejemplo, verían de qué modo a medida que disminuía el espíritu de autoridad, se extendieron y afianzaron nuestros económicos. Cuando Galileo, dejando caer de lo alto de una torre objetos de diferente densidad, mostró que la velocidad de caída no dependía de sus masas, puesto que llegaban a la vez al suelo, los testigos de tan concluyente experiencia se negaron a aceptarla, porque no estaba de acuerdo con lo que decía Aristóteles. Aristóteles era el gobierno científico; su libro era la ley. Había otro legisladores: San Agustín, Santo Tomás de Aquino. ¿Y qué ha quedado de su dominación? El recuerdo de un estorbo. Sabemos muy bien que la verdad se funda solamente en los hechos. Ningún sabio, por ilustre que sea, presentará su autoridad como un argumento; ninguno pretenderá imponer sus ideas por el terror. El que descubre se limita a describir su experiencia, para qué todos repitan y verifiquen lo que él hizo. ¿Y esto qué es? El libre exámen, base de nuestra prosperidad intelectual. La ciencia moderna es grande por ser esencialmente anárquica. ¿Y quien será el loco que la tache de desordenada y caótica?

La prosperidad social exige iguales condiciones.

El anarquismo, tal como lo entiendo, se reduce al libre exámen político.

Hace falta curarnos del respeto a la ley. La ley no es respetable. Es el obstáculo a todo progreso real. Es una noción que es preciso abolir. Las leyes y las constituciones que por la violencia gobiernan los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría bárbara, qué se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su codicia y su crueldad.

Tal vez los fenómenos sociales obedezcan a leyes profundas. Nuestra sociología esta aún en la infancia, y no las conoce. Es indudable que nos conviene investigarlas, y que sí las logramos esclarecer nos serán inmensamente útiles. Pero aunque las poseyéramos, jamás las regiríamos en Código ni en sistema de gobierno. ¿Para qué? Si en efecto son leyes naturales, se cumplirán por si solas, queramos o no: Los astrónomos no ordenan a los astros. Nuestro único papel será el de testigos.

Es evidente que las leyes escritas no se parecen, ni por el forro, a las leyes naturales. ¡Valiente majestad la de esos pergaminos viejos que cualquier revolución quema en la plaza pública, aventando las cenizas para siempre! Una ley que necesita del gendarme usurpa el nombre de ley. No es tal ley: es una mentira odiosa.

¡Y qué gendarmes! Para comprender hasta que punto son nuestras leyes contrarias a la índole de las cosas, al genio de la humanidad, es suficiente contemplar los armamentos colosales, mayores y mayores cada día, la mole de fuerza bruta que los gobiernos amontonan para poder existir, para poder aguantar algunos minutos más, el empuje invisible de las almas.

Las nueve décimas partes de la población terrestre, gracias a las leyes escritas, están degeneradas por la miseria. No hay que echar mano de mucha sociología, cuando se piensa en las maravillosas aptitudes asimiladoras y creadoras de los niños de las razas más «inferiores», para apreciar la monstruosa locura de ese derroche de energía humana. ¡La ley patea los vientres de las madres!

Estamos dentro de la ley como el pié chino dentro del borceguín, como el baobad dentro del tiesto japonés. ¡Somos enanos voluntarios!

¡Y se teme «el caos» si nos desembaramos del brodequín, si rompemos el tiesto y nos plantamos en plena tierra, con la inmensidad por delante! ¿qué importan las formas futuras? La realidad las revelará. Estemos ciertos de que serán bellas y nobles, como las del árbol libre.

Que nuestro ideal sea el más alto. No alto. No seamos «prácticos». No intentemos «mejorar» la ley, sustituir un brodequín por otro. Cuanto más inaccesible aparezca el ideal, tanto mejor. Las estrellas guían al navegante. Apuntemos enseguida al lejano término. Así señalaremos el camino más corto. Y venceremos. ¿Qué hacer? Educarnos y educar. Todo se resume en el libre exámen. ¡Que nuestros niños examinen la ley y la desprecien!