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lunes, 11 de noviembre de 2013

Chavs. La demonización de la clase obrera.


Algunos puntos de vista expuestos en "Chavs. La demonización de la clase obrera" de Owen Jones
..., y enfrentar a grupos de clase trabajadora entre sí se convirtió en parte integrante de la política. El thatcherismo se propuso separar las comunidades más devastadas por los excesos del thatcherismo de todas las demás. Era el viejo "divide y vencerás" ... (Pág. 86)
James Purnell estuvo a cargo del llamado programa de reforma del Estado de bienestar del nuevo laborismo. Había prometido crear "un sistema en el que prácticamente todo el mundo tiene que hacer algo a cambio de sus prestaciones". Estaba bien "penalizar" a quienes, decía, no intentaban encontrar trabajo. "Si hay un puesto de trabajo, creemos que la gente debería cogerlo. No podemos permitirnos gastar el dinero de los contribuyentes en personas que se están aprovechando del sistema" No se mencionó que en realidad 16 billones de libras en prestaciones quedaban sin reclamar cada año, aproximadamente dos veces y media más que el dinero que el Gobierno estaba intentando ahorrar. Tampoco se dijo que la mayoría de las personas en situación de pobreza estaban trabajando. Purnell presentaba el trabajo como una vía para salir automáticamente de la pobreza, pero en la Gran Bretaña mal pagada, ese no suele ser el caso. (Pág. 116)
Una parte exagerada de nuestra televisión consiste en una cháchara promocional de los estilos de vida, deseos y oportunidades únicas de los ricos y poderosos. Todo forma parte de la redefinición de la aspiración, al convencernos de que la vida consiste en subir por esa escalera, comprar un coche y una casa más grandes y darse la vida padre en algún paraíso tropical privado. (.....) A quienes no luchan por alcanzar esos sueños se les considera "faltos de aspiraciones" o, directamente, fracasados. (Págs. 162-163)
Pero lo cierto es que el odio a los chavs es mucho más que esnobismo. Es lucha de clases. Es una expresión de la creencia de que todo el mundo debería volverse de la clase media y abrazar los valores y estilos de la vida de la clase media, dejando a quienes no lo hacen como objeto de odio y escarnio. Se trata de negarse a reconocer nada valioso en la clase trabajadora británica, y despedazarla sistemáticamente en los periódicos, la televisión, en Facebook y en la conversación general. Eso es lo que implica la demonización de la clase trabajadora. (Pág. 168)
En 2009, más de cinco millones de trabajadores hacían de media más de siete horas extras semanales no remuneradas, y es una tendencia al alza. Tener a tanta gente trabajando gratis supone muchísimo dinero para los jefes. Según el Congreso de Sindicatos, las empresas ganaron con ello nada más y nada menos que 27,4 billones de libras, lo que equivale a 5.402 libras por trabajador. Es una cifra que valdrá la pena recordar la próxima vez que se oiga a los empresarios quejarse del coste de las bajas por enfermedad. Según la Confederación de la Industria Británica, las pérdidas resultantes son inferiores a la mitad de esa cantidad. (Pág. 196)
esta “demonización del sector público …era una estrategia política deliberada para intentar vencer cualquier oposición a los recortes masivos que anunciaron. (….) Cuando los conservadores llegaron al poder tras las elecciones de 2010, inmediatamente se pusieron a cultivar esta imagen, insistiendo en los 172 funcionarios que cobraban más que el primer ministro como si fueran representativos del sector público. (Pág. 197)
Pero nada ha hecho tanto por convertir las principales profesiones en un coto cerrado de las clases medias como el auge del trabajo en prácticas. Las prácticas no remuneradas están prosperando, sobre todo en profesiones como la política, el derecho, los medios de comunicación y la moda. (…..) Esto no es solo explotación. Significa que solo los jóvenes forrados que viven de papa y mamá pueden dar este primer paso a la caza de un trabajo remunerado. (….) Véanse los medios de comunicación. Los periodistas y locutores nacidos en 1958 crecieron por regla general en familias con unos ingresos en torno al 5,5 % por encima de la media. Pero, en el caso de la siguiente generación, nacida en 1970, la diferencia se ha ampliado un asombroso 42,4%. (Págs. 220-221)
Obviamente, hay gente que se aprovecha del sistema y trampea con las prestaciones. A los tabloides de derechas les encanta rastrear los ejemplos más escandalosos de este tipo de fraude. Pero esta pequeña minoría en modo alguno es representativa de la mayoría de gente sin trabajo. (Pág. 241)
Pero no es simplemente el racismo lo que ha arrojado a cientos de miles de personas de clase trabajadora a los brazos abiertos del BNP (Partido Nacional Británico). El ascenso de la extrema derecha es una reacción a la marginalización de la clase trabajadora. Es un producto de la negativa de los políticos a atender las preocupaciones de la clase trabajadora, sobre todo viviendas asequibles y una provisión de empleos decentes y seguros. (Pág. 269)
La retórica ha cobrado impulso por razones mucho más complejas que la mera cultura o la raza. De hecho, mucha gente de clase trabajadora perteneciente a minorías étnicas comparte la hostilidad generalizada hacia la inmigración. Pero en una época de creciente inseguridad en lo tocante a empleos y sueldos, la inmigración ha proporcionado una conveniente cabeza de turco, así como una excusa para soslayar cuestiones que son mucho más relevantes y mucho más amenazadores para el statu quo. Los responsables están jugando con fuego. (Pág. 292)
Inevitablemente, se han de buscar soluciones a los problemas de la clase trabajadora que hasta ahora habían sido cínicamente manipulados por la derecha. Por ejemplo, en vez de despreciar la ofensiva contra la inmigración calificándola de ignorante y racista, una moderna política de clases tiene que entenderla como las frustraciones mal encauzadas de la clase trabajadora ante problemas no resueltos. Para desactivar la animadversión hacia los inmigrantes hay que reconocer y abordar los problemas que son los verdaderos culpables y que afectan a trabajadores de todos los colores, como la falta de vivienda asequible y de empleos seguros y bien pagados. (Pág. 314)
Mientras los delitos económicos de los pobres, como el fraude en las prestaciones, son frecuentemente el blanco de políticos y periodistas, los mucho más graves delitos financieros de los ricos en su mayoría se pasan por alto. Por eso el punto de mira debe desplazarse del fraude en las prestaciones a la evasión fiscal, que, como hemos visto, cuesta al contribuyente setenta veces más. (Pág. 316)

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